
Angels & Demons (Paul Scott) |
PROLOGO: DE TUNSTALL A TINSELTOWN (1)
El ejecutivo de Emi sujetaba un cigarrillo a medio consumir entre sus
apretados dientes, empujó una sexta copa de champán hacia la mano de su
sonriente colega y miró con sus ojos empañados hacia su teléfono móvil. Con
obstinada determinación pulsó lentamente el número y luego sonrió con su
habitual sonrisa torcida a su amigo del departamento de contratación,
mientras escuchaba la señal de llamada. 'Si', espetó a la voz al teléfono,
'Quiero apostar tres mil libras a que Robbie Williams se supera a sí mismo
en los próximos seis meses'.
A veinte pasos enfrente de la pareja estaba sentado el nuevo talento de la
compañía de discos. Poco más de un año después de dejar la pulcrísima banda
de chicos Take That, Williams estaba recuperando el tiempo perdido. Algunos
minutos antes, en la fiesta de la industria de la música en el Mayfair de
Londres, compañeros invitados habían pasado por encima del cantante de 23
años que estaba pegado al suelo de los servicios de caballeros con un traje
de 2.000 libras de Dolce y Gabanna. Ahora, con aspecto inocente y
malhumorado, estaba sentado vertiendo vodka garganta abajo. 'Si, está bien,
sí, vale' dijo el hombre de EMI. Guardó el teléfono en el bolsillo interior
de su chaqueta y cogió de nuevo su bebida.
'¿Qué?' dijo su compañero con expectación.
'Ese cabrón no se llevará mi dinero' contestó.
Un dia a principios del otoño en octubre de 2002, un oscuro Range Rover
recorre las estrechas calles de Notting Hill en el oeste de Londres.
'¿Podemos coger un DVD, tio?' pregunta Robbie Williams al conductor desde el
asiento del copiloto. Una hora antes el cantante, con los brazos totalmente
tatuados y una camiseta sin mangas color vino, estaba en el exterior de las
oficinas de sus representantes gritando, como si fuera el ganador de la
lotería, a los equipos de televisión y reporteros allí reunidos: 'Soy más
rico de lo que jamás hubiera podido imaginar en mis sueños más salvajes'.
EMI se ha impuesto a las ofertas de Sony, Universal y V2 de Richard Branson
renovando el contrato con la mayor estrella de Europa por un valor de 80
millones de libras, el más caro de Inglaterra. Desde su separación de Take
That Williams ha vendido 22 millones de discos, tiene el record de haber
ganado nueve premios Brits como artista en solitario y ha pasado de ser el
mayor perdedor del pop a alcanzar la incuestionable posición de la estrella
más taquillera del negocio. Para el que fuera una vez el 'bailarin gordo' y
miembro de la banda de chicos más importante de Inglaterra, y que dejó que
el mundo viera como se autodestruía, el ascenso a lo más alto desde el
alcohólico gordo y drogado ha sido un éxito.
Serán sus aparentemente improvisadas declaraciones de alegría acerca del
contrato, las que mostrarán esta noche a Robbie Williams, la estrella del
pop, en todos los boletines de noticias de las televisiones y en las
primeras páginas de casi todos los periódicos de mañana. Ahora Robbie ha
sido guardado hasta la próxima vez que haya un equipo de televisión a mano o
que salga al escenario. En su lugar está su alter-ego, Robert Peter
Williams, hijo de Stoke-On-Trent y en ocasiones residente en Londres y
Beverly Hills, California. No hay ninguna fiesta de celebración para él, tan
solo su casa, una película y una taza de té. Robbie fue una invención, la
creación del representante de Take That, Nigel Martin Smith, doce años antes
en Manchester. Nadie que le conozca bien le llama nunca Robbie, le llaman
Rob. De hecho odia el nombre. Robbie es una invención, un personaje que
supera la realidad, a menudo divertido, a veces grosero y polémico, que es
encendido y apagado por Williams. Rob, en el otro lado, es a menudo
silencioso, lleno de dudas sobre sí mismo y en ocasiones detestable. Le
molesta su fama pero, al mismo tiempo, le angustia el miedo de que pueda
desaparecer. Robbie vive con la droga de la adulación, los gritos de 100.000
fans en un estadio que están allí solo para verle a él, la avalancha de
discos que alcanzan el platino otra vez. Rob sufre de depresión. Desde hace
casi un año depende de la 'pastillita feliz' de Ritalin que le ayuda a
sobrellevar la enfermedad que ha estado combatiendo por medio del alcohol
durante años.
El conflicto entre las dos caras de Williams es evidente para todos los que
están a su alrededor. Por un lado es arrogante, un consumado animador, con
la clase de carisma que puede conquistar a cualquier público. Por el otro
lado es a menudo un hombre tímido, que se pone nervioso cuando tiene que
hablar con extraños, que puede subir al escenario y ponerse en frente de
miles de mujeres adorándole y describir la experiencia como algo que le hace
sentirse 'triste'. Pero la combinación de los dos personajes, la dicotomía
del 'quiéreme, jódete', es magnéticamente atractiva. Con Williams la música
es casi secundaria. Seguramente habrá quien no opine lo mismo, pero para la
mayoría la combinación del niñito perdido con el fanfarrón 'me importa una
mierda' es fascinante.
¿Qué le compras a un hombre que tiene de todo? Justo antes de la medianoche
del dia de nochebuena de 2002, dos paparazzi decidieron alegrarle la noche.
Desmontaron las lentes y los flashes de sus cámaras y se dirigieron hacia
Sunset Boulevard por Beverly Glen. Les habían dado el chivatazo de que
Robbie y su amante Rachel Hunter iban a ir a una fiesta en algún lugar de
las colinas, pero allí no había ni rastro de la pareja esa noche. Dieron una
vuelta con su todo terreno y luego volvieron desde la finca de acceso
prohibido donde la estrella vive actualmente. Uno de los fotógrafos hizo una
llamada. 'Si, sabemos que está aquí, pero no le hemos visto en todo el dia...
No, ¡que te jodan, no vamos a volver mañana!'.
A cinco mil quinientas millas de distancia, en la modesta casa de su hermana
en Newcastle-under-Lyme, Staffordshire, Rob se despertó. Los guardaespaldas
que le siguen cada minuto del dia estaban, por una vez, ausentes. Tampoco
estaba su famosa última novia Rachel Hunter, quien, según dicen, no se
separa de su novio cantante. En su lugar, Rob estaba con su familia: su
hermana mayor Sally y su compañero Paul Symonds, y el hijo de tres años de
ambos, Freddie, su madre, Jan, y su padre, Pete. Rob se escabulló de la casa
y consiguió dar esquinazo a la prensa. Es la primera vez en muchos años que
toda la familia está reunida en el dia de Navidad. No solo es notable porque
estén juntos Pete y Jan, separados desde hace unos 25 años y que raramente
se encuentran, sino también porque marca el final de un doloroso paréntesis
de dos años en la relación de Rob con su padre. Ahora el dia trascurriría de
forma muy distinta a la habitual de las estrellas del rock, con toda la
familia cantando villancicos, con sombreros de papel, viendo reposiciones en
televisión e intercambiando regalos. El mejor, para Rob, fue una foto aérea
enmarcada del campo de fútbol de su adorado Port Vale en Stoke, que le hizo
su padre y que ahora adorna una pared en su mansión californiana.
(1) Barrio de Los Angeles
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